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Ante la inminente reforma laboral, ¿De veras se ha hecho un diagnóstico correcto?

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Artículo publicado en la revista Práctica Fiscal, Laboral y Legal-Empresarial.

Hoy día, el Derecho del Trabajo se ha convertido en una elemental estrategia política, económica y social de todas las naciones del orbe, sin importar su tamaño, ideología o tendencias.

 

La evolución incontenible del mundo hipertecnologizado en que vivimos, ha trastocado no sólo nuestra vida, sino que ha socavado de raíz las instituciones clásicas del Derecho del Trabajo que considerábamos inmutables y, por desgracia, la realidad ha pillado por sorpresa no sólo a la clase política, sino a todos, inclusive a los propios juristas que pareciera somos incapaces de hacer un buen diagnóstico situacional en la búsqueda de soluciones viables y factibles de nuestras sentidas problemáticas contemporáneas. Acaso será cierto entonces aquella sabia conseja que sostiene que “la realidad es más sabia que el Derecho”; aunque nosotros los Abogados nos resistamos a aceptarlo.

 

Esa inquietante realidad comprobable en la primera década del siglo XXI, ha rebasado ampliamente a nuestras legislaciones sustantivas y procesales vigentes en todos los países Latinoamericanos, normas legales ya obsoletas pensadas e instrumentada por cierto para otros tiempos y otras circunstancias que, por motivos no del todo claros, aún no termina por adecuarse a los difíciles tiempos que corren. 

 

Interesado el que esto escribe en el desenvolvimiento del Derecho del Trabajo en nuestra “América morena”, la que he recorrido de norte a sur, del Pacífico al Atlántico e incluyendo al Caribe, he constatado que en este mundo globalizado en que vivimos hoy día, la sociedad civil tiene qué aprender pronto las duras lecciones que nos dejara el  siglo XX como tareas ominosas e inquietantes, para constreñir el poder omnímodo del Mercado y del Estado en lucha permanente -ambos factores económicos colmado de gente sin conciencia de clase ni clase en la conciencia-, si es que pretendemos alcanzar la vida digna, justa y apacible a que tenemos inalienable derecho los seres humanos, sin distingo de raza, de credo o de posición económica.

 

Empero, jamás perdamos de vista que la globalización mundial no es sólo mercantil, como se nos ha hecho creer: también es social, política y cultural, entre otras muchas formas de entender esta singular “aldea global” -descrita en palabras de Marshall Mc Luhan- en que habitamos  

 

Porque querámoslo o no reconocer, nos guste o no la idea, lo cierto es que somos una comunidad global que con fronteras virtuales debido sobre todo a factores comerciales, para convivir de mejor manera requerimos de reglas equitativas y justas que propendan a atemperar las desigualdades naturales de los seres humanos, intentando su equilibrio al través de la adopción de una serie de estrategias de diversa índole de cuya instrumentación debe hacerse cargo el Estado -pues si éste no puede, entonces de plano nadie podrá hacerlo-. Aquí la interrogante a responder no es si el Estado debe y puede hacerlo, sino más bien si de veras quiere hacerlo. 

 

Se ha dicho en múltiples foros académicos -entre ellos, en los Congresos bi-anuales de la Asociación Iberoamericana de Juristas de Derecho del Trabajo y la Seguridad Social ‘Dr. Guillermo Cabanellas’, cuya Junta Directiva Internacional me honro en presidir-, que las normas legales deben ser el desenlace natural de procesos democráticos, para cuya expedición y vigencia plena debiera escucharse previamente a todos los involucrados en el rubro laboral, junto con los puntos de vista de los académicos que tienen al respecto una visión crítica, sí, pero generalmente constructiva y propositiva.

 

En este punto no debemos perder de vista que la mejor reforma legal a implementar, no es la ideal, sino la que es posible hacer atendiendo a las circunstancias nacionales.

 

A nuestro parecer, en el mundo jurídico laboral -y de la seguridad social que suele acompañarle-, la idea es muy simple de entender: evitar en lo posible el sufrimiento excesivo de los países en desarrollo, debido al modo en que los procesos de globalización han sido gestionados por los poderosos, según sostiene con atino el Premio Nóbel de Economía, Joseph E. Stiglitz.

 

Porque hoy día los datos duros que nos ofrece la Organización Internacional del Trabajo (OIT), nos obligan a repensar la realidad –sí, esa sabia realidad-, al igual que las propuestas de solución respecto a temas fundamentales, entre ellos:

 

  •         El aumento en el desempleo;
  •         el imparable fenómeno de la migración laboral;
  •         la terciarización en el trabajo subordinado;
  •         el efectivo control del tele trabajo o trabajo a distancia;
  •         la regulación efectiva del auto empleo o trabajo informal;
  •         la constante desprotección social de los trabajadores en condiciones especiales;
  •         el discrimen laboral de todo tipo, no sólo el femenino;
  •         la ominosa atomización sindical;
  •         la efectividad de la idea de la OIT respecto del “trabajo decente”;
  •         la regulación legal en las leyes laborales del outsourcing, junto con otras nuevas formas del trabajo; y,
  •         un sinnúmero de temas afines.       

 

Estamos pues frente a una nueva realidad económica, social y cultural, una revolución tecnológica, una revolución sí, pero sin armas que ha cimbrado desde sus cimientos las oxidadas estructuras en que se sustentan nuestras sociedades contemporáneas; padecemos pues una realidad de exclusiones sociales, en donde analfabetas también lo son quienes no usen las herramientas informáticas.

 

Tan profundas evoluciones (¿o involuciones?), nos conducen sin remedio al camino de la llamada Tercera Vía, sostenida por el economista británico Anthony Giddens, la que apareciera poco después del estallido de la crisis asiática y que constituye la reacción natural a “izquierdas” y “derechas” anquilosadas y obsoletas, las que han debido modificar sus ideologías para intentar empatarlas y recoger sólo lo mejor de ellas en aras de intentar cerrar la enorme brecha que ideológicamente antaño las separaba y volvía incompatibles. Porque las ideologías de “izquierdas” y de “derechas” aún existen, según nos demostrara hacia finales del siglo XX el filósofo italiano Norberto Bobbio.

 

Prueba de ello es que los gobiernos del llamado nuevo Laborismo en la Gran Bretaña y de los nuevos Demócratas de los Estados Unidos de Norteamérica -a diferencia de las fuerzas políticas que llevaran al poder a Margaret Teacher y Ronald Reagan, respectivamente, iniciadores en la década de los años setenta del siglo XX del neoliberalismo económico y el “Estado minimalista” avocado a privatizarlo todo, bienes y servicios estratégicos-, tienen ahora cosas nuevas qué decir y qué reprochar a ese repugnante “mercado sin rostro humano” que agobia al planeta entero.

 

La principal de ellas es naturalmente el reconocimiento de que lo más importante en este mundo sigue siendo el propio ser humano, en esa búsqueda permanente de justicia como valor supremo y fin último del Derecho.

 

Entendámoslo entonces: en este mundo de sofisticación tecnológica, ya no son los fuertes los que avanzan y vencen, sino los más rápidos y adaptables son los que llevan la delantera.

 

Y por eso precisamente el Derecho no debe permanecer estático, sino evolucionar al mismo ritmo que lo hace la realidad; y por eso también la expeditez en la administración de la justicia laboral se ha vuelto un asunto toral, puesto que la norma hipotética, abstracta, obligatoria  y genérica, no basta ni puede por sí sola en la práctica, resolver los casos concretos que surgen en la vida cotidiana, dado que su materialización efectiva y oportuna es necesaria para volverle eficaz y servirle a la gente. Esa pretendida “efectividad de la norma legal”, debe ser planeada e instrumentada por el Estado en el nuevo mundo laboral.

 

Ojalá sirva todo lo dicho como un motivo puntual de la reflexión serena y meditada, responsable y objetiva, por parte de todos aquellos ingenuos que piensan que mediante una eventual reforma al artículo 123 Constitucional, o por la simple expedición de una nueva Ley Federal del Trabajo -o reforma de la actual, hasta donde sabemos la única pretensión a este respeto del Congreso de la Unión-, serán por sí solas el remedio a los enormes problemas estructurales que resiente México en el rubro laboral.

 

Así las cosas, la pregunta crucial a responder ahora es: ¿de veras se ha hecho un diagnóstico correcto de la compleja problemática que nos presenta el trabajo formal subordinado? 

 

Al menos que no se diga luego que nadie lo advirtió a tiempo.  

 

 

DR. ÁNGEL  GUILLERMO  RUIZ  MORENO

Autor e Investigador Nacional de México, y colaborador permanente de la Revista Práctica Fiscal, Laboral y Legal-Empresarial.

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